ASH VS. EVIL DEAD

Mi ajado corazón hubiera soportado que la nueva Star Wars hubiera sido un pestiño de muy señor mío, pero estos ojitos preferían arder en las brasas del infierno antes que llevarse un chasco con la continuación televisiva de Posesión Infernal. Gracias a los demonios kandarianos, Ash VS. Evil Dead es canela en rama.

Las apuestas eran altas y la expectación estaba por las nubes, pero en este caso, la sangre si llegó al río: toneladas de gore, demonios, chascarrillos malos y el mejor protagonista que ha habido nunca en el mundo del cine. Ash es Dios, Alá y el Cristo que lo fundó.

Es cierto que se insiste (demasiado) en el humor, que ningún capítulo llega a la maestría del piloto (dirigido no por casualidad por Sam Raimi) y que ciertas partes sobran, pero es imposible no emocionarse, e incluso ereccionarse un poco, con ese final doble, en la cabaña donde todo empezó. La serie del año. Ni Fargos, ni Tronos, ni Walkings. Al rey lo que es del rey.

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