BABY DRIVER

El comienzo de Baby Driver es la mejor presentación de personaje (y de las propias intenciones del film) que se ha rodado en mucho tiempo. Y los títulos de créditos, fantásticos, muestran a un director en el cenit de su creatividad narrativa y visual, convirtiendo un plano secuencia en toda una declaración de intenciones y en la (irrefutable e irrefrenable) prueba del carisma y potencial como estrella de Ansel Elgort.

Elogiable resulta también la contención de las trepidantes secuencias de acción (explota y se rompe solamente lo necesario) y lo entregado de todo el reparto, a pesar de tener que jugar con roles que no van más allá del esbozo; y es que el único problema del film es que la forma termina avasallando el contenido.

Tras varias decepciones seguidas (Wonder Woman, La Momia y Los Vigilantes de la Playa), por fin tenemos la primera gran película veraniega. Robos, coches y antihéroes de la mano de Edward Wright, que se esfuerza durante todo el metraje en demostrar que a director postmodernista no le gana ni Peter. La incomprendida Scott Pilgrim contra el mundo solo era el primer paso para terminar en Baby Driver, su, hasta ahora, mejor obra.

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