DUMBO

A nadie se le escapa que hace años que Tim Burton se encuentra domesticado por la industria; situación que no deja de resultar paradójica viniendo de alguien que ha construido su corpus cinematográfico en base a la figura del marginado, del diferente; pero el director del peinado imposible tiene a bien (todavía) legar alguna satisfacción fílmica de vez en cuando.

Lo que convierte el visionado de Dumbo en una experiencia gratificante es visionar como Burton sigue girando en torno a los mismos ejes, pero con la diferencia de que en esta ocasión no todo huele a repetición o, lo que es aún peor, dejadez.

Un circo lleno de outsiders (menos grotescos de lo que nos gustaría), la habitual oda a la extrañeza y un reparto que al alejarse de lugares viciados (sin rastro de Johnny Depp) supone toda una gozada: entrañable resulta disfrutar de nuevo de De Vito y saborear ese trasunto de Willy Wonka maquiavélico que compone un desatado Michael Keaton.

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