EL LOBO DE WALL STREET

Son muchos los méritos de este Lobo de Scorsese: convertir en fascinante el mundo de los brokers, algo a priori poco interesante, callarnos la boca a todos los que llevábamos años pitorreándonos de Matthew McConaughey, hacernos tragar un film de 180 minutos que pasa volando, obtener 100 millones de presupuesto para un film tan arriesgado, etc. Podría seguir así párrafos y párrafos. ¿Cómo consigue esto el tito Scorsese? Aliñando todo con cantidades industriales, pero industriales de verdad, de sexo y drogas. Los dos grandes pilares, junto al dinero, que sostienen esta versión corrupta y degenerada del sueño americano.

Leonardo Dicaprio devora cada escena, cada secuencia, cada frase, en una interpretación que merece sin lugar a dudas el Oscar de la Academia; aunque a veces se le vea el plumero, como gritando en cada segundo que quiere y merece la estatuilla. Aunque no se queda corto Jonah Hill, roba escenas nato (descacharrante su forma de fumar), que no estaba tan divertido desde la lejana Supersalidos.

El lobo de Wall Street es un film incómodo, ya que se sale de los parámetros habituales. Es de mal gusto, es degenerada, es excesiva pero también resulta tremendamente divertida. Estamos frente al guión más chispeante de toda la carrera de Scorsese y probablemente de toda la cartelera actual, además de devolvernos esa energía narrativa (vía narración en off, ritmo frénetico) que el realizador no nos brindaba desde Uno de los Nuestros o Casino.

Esto es un peliculón en toda regla. Es escalofriante porque es verdad y además estableciendo oportunas comparaciones, nos sirve para ver lo bananero que resulta nuestro país. Jordan Belfort tiraba enanos contra dianas, Luis Barcenas compraba obras de arte. No valemos ni para delinquir.

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