LOS MERCENARIOS 2

Te levantas al amanecer. Ensayas delante del espejo lo alto que puedes subir tu pierna derecha en una patada. Después de desayunar un batido de proteínas, con algún nombre tipo Milky Shack, corres 10 kilómetros, al mismo tiempo que subes una colina. A eso del mediodía ya has derrocado un par de dictadores de alguna tiranía tercermundista, y todavía tienes la tarde libre para defender a tu novia, que tiene más escote que cerebro, en una pelea de bar, dar unas vueltas con tu moto y echarte unas risotadas con tus compañeros de faena (que solo son hombres rudos, heterosexuales y pendencieros, que quede claro). Ya solo queda la noche, para reflexionar sobre lo cruel de la vida, y el sinsentido de tu oficio.

Convences a un perro viejo, que hizo hace unos años Con Air, para que te grabe las aventuras, mientras que se te olvida escribir un guión. Te fichas a un par (o varios pares) de viejas glorias para que se den de sopapos, junto o contra ti, y llevas tu vejez con la mayor dignidad posible (y con todos los injertos de pelo necesarios), mientras das saltos, puñetazos y vacía cargadores a la velocidad del rayo.

Después de hacer todo eso. Solo te queda levantar tu middle finger al cielo, gritar un sonoro que os den a la era digital y vanagloriarte por que la testosterona sigue teniendo público, y sigue funcionando a las mil maravillas.

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