MIDSOMMAR

Midsommar lo ha vuelto a hacer. La confirmación de Ari Aster como un excelente cineasta (de terror) ofrece arsenal de sobra a todos sus haters, aquellos que no soportan que el terror sea brindado con cortapisas de metáforas; con el (innoble) objetivo de ennoblecer un género que no necesita que hagan nada de eso por él.

Lo que en Hereditary era la crónica de la destrucción del núcleo familiar, envuelto con ropajes satánicos, aquí es el relato del fin de una relación, o el cómo distanciarse de una relación, a todas luces, tóxica. ¿El contexto? Una celebración ritual de ambiente cada vez más enfermizo, constante luz de sol y adornos florales por todas partes.

Aster demuestra estar en su plenitud como narrador y solamente he echado en falta que pisara más el acelerador con la locura y el gore, a pesar de tener Midsommar una buena cantidad de ambos elementos. Es curioso como una película tan diferente a su predecesora (especialmente en forma) recuerda tanto a aquella, siendo casi, obras complementarias.

Aunque sienta una especial debilidad por Hereditary y su Paimon, solamente puedo aplaudir las innumerables virtudes de esta revisión de terror folk con cánticos, bailes y, porque no decirlo, bellas y tremendas barbaridades.

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