MUÑECO DIABÓLICO

La nostalgia vende, vende de cojones. Ahí estamos todos como locos devorando maratones de Stranger Things, aunque ni siquiera viviéramos esos años. Y es que amigos, la nostalgia, como todo en este mundo, es una operación comercial. Que yo sepa, no vemos las películas en vhs y no tenemos ningún problema en comprar ediciones coleccionista, figuritas o camisetas sin que se nos caigan los anillos. Dicho lo cual, los productores de Hollywood no plantean sus negocios (que no películas) pensando en chavales obsesionados con su infancia y sus recuerdos originales y únicos. ¿Sabéis qué? Se la pela, nunca os conocieron y se la suda lo que hagan con vuestros recuerdos de infancia. ¿Y sabéis otra cosa? A mí también. Resulta paradójico quejarme de aquellos que se quejan, pero el mundo (y por mundo me refiero a redes sociales, que es el único contacto que tenemos hoy en día) me aburre, me cansa y me agobia. Así que sinceramente, me la suda que hayan cambiado a vuestro Chucky, porque nunca ha sido vuestro. Que se cabree Don Mancini, pero vosotros a cerrar la puta boca.

Este relanzamiento de Chucky es una película verdaderamente diferente a la obra original, tanto en historia como en personajes y situaciones. Desde luego, siempre prefiero el componente sobrenatural al tecnológico, pero honestamente, considero el nuevo enfoque acertado y actualizado a los tiempos que corren, permitiendo, incluso, segundas (e inquietantes) lecturas.

No daba un duro por el film, ya que el diseño no me convencía demasiado, pero me he sorprendido con las toneladas de humor negro, el gore despendolado y la valentía de unir a chavales con caras arrancadas. Este nuevo Chucky (o Buddy) es perfectamente disfrutable y no hay que compararlo con la original, más allá del personaje. Que siempre haya género en las salas, original o refrito, bueno y malo, divertido y horrendo. Y que me acondicionen una cueva aislada de una vez, por favor.

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