PACIFIC RIM

Los primeros minutos de Pacific Rim me descolocaron. Ni rastro de épica, ni de oscuridad, ni de “seriedad”. Entonces caí en la cuenta: detrás del juguete de 200 millones dólares se encontraba Guillermo del Toro. Humor ciertamente gamberro, macarradas y mucha, mucha apología del concepto monstruoso (enorme el personaje de nuestro querido Charlie Day, sí, sí, el de Colgados en Filadelfia) y es que si le das tanta pasta a un freak de tres pares de gónadas, el resultado solo puede ser una oda al frikismo más desaforado.

Olvidaos de las secuencias de relleno (plagadas de lugares comunes y situaciones arque típicas), Pacific Rim se pone grande, y de que manera, cuando despliega su arsenal visual de mechas contra Godzillas de otra dimensión. Es en esas secuencias (tres en concreto) cuando la película justifica el precio de la entrada y dónde juega sus mejores cartas. Las peleas son espectacularmente brutales y dejan satisfecho al niño que llevamos (o deberíamos llevar) dentro.

A Del Toro se la sudan las convenciones (protagonista sin renombre, secundarios que parecen coleguitas); él quiere ofrecer una películas de monstruos contra robots gigantes y eso es  lo que Pacific Rim ofrece, ni más ni menos, aunque Evangelion ya lo ofreciera hace la tira de tiempo, o eso dicen las malas lenguas.

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