SUSPIRIA

No resulta fácil escribir sobre la nueva Suspiria, del mismo modo que tampoco es sencillo reconocer que la obra original de Argento nunca me ha parecido la joya que todo el mundo ve… aunque mi relación con los directores italianos siempre ha tenido sus luces y sus sombras.

Lejos de ser un simple remake, el film de Luca Guadagnino supone una reimaginación en toda regla; con tremendos (y numerosos) aciertos, que conviven con algunos fallos propios de un director que dudo sea amante del fantástico.

Con una paleta de colores diametralmente opuesta a la original, no olvidemos una de las señas de identidad de Argento, este tratado sobre brujería matriarcal y primitiva funciona mejor cuando abraza sin excusas los principios del terror (las pesadillas, los apuntes de horror físico y corporal, con la tremenda secuencia de la habitación de los espejos como máximo exponente) y naufraga cuando se empeña en subrayar sus dobles lectura políticas e históricas.

Es cierto que sobra pedantería, pero la fuerza de sus imágenes y lo singular de la propuesta convierten a Suspiria en un film que es posible que odies, pero que hay que ver sí o sí.

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