TRANCE

Danny Boyle es uno de esos cineastas que entra por los ojos, algo que le ha provocado tantos detractores como férreos defensores. Servidor se encuentra en el segundo grupo, a pesar de haber sufrido (y pagado) por aquel bodrio conocido como Slumdog Millionaire.

Tras el (interesante) drama de sobremesa de superación conocido como 127 horas, el realizador británico vuelve por sus fueros, tirando de nostalgia (vuelve a colaborar con su antiguo director de fotografía), ofreciendo una película juguetona, extraña y confusa que recupera algo de la mala baba perdida (ese plano gore de Vincent Cassell) y le da una señora vuelta de tuerca al género noir.

Boyle es capaz de convertir en fascinante un plano aéreo de una autopista y en Trance el director de Trainspotting se divierte confundiendo, sorprendiendo y engañando a la audiencia, cosa obvia y de rigor si tu film trata sobre el hipnotismo. Un consejo: mejor no empatizar con ningún personaje. En este caso y de verdad, nada es lo que parece.

Boyle es un jefe a la hora de hacer cine comercial, Trance no deja de ser eso, pero ojalá todo el cine de consumo tuviera tanta clase y entretuviera tanto. Y sí, Rosario Dawson enseña tol potorro.

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