VALERIAN Y LA CIUDAD DE LOS MIL PLANETAS

Entre mis compadres habituales suele haber la siguiente discusión: ¿es Luc Besson un buen director, o por el contrario sus obras son tremendas basuras que invitan al bostezo euro-fantástico? Soy férreo defensor de la segunda postura: su Quinto Elemento me parece un pestiño en el que, no olvidemos, Bruce Willis llevaba su escaso pelo decolorado y Chris Tucker hacía de travesti galáctico. Valerian y la ciudad de los mil planetas me ha dado la razón.

He de decir que piqué, la publicidad hizo mella en mí y fui dispuesto a divertirme con una aventura pulp de aires cómic. Pues bien, el mismo problema de siempre: ¿son necesarios 137 minutos para contar una historia que, más allá de una sucesión de viñetas de acción y un imaginativo muestrario de especies extraterrestres, no cuenta nada?

Con un humor pueril, unos actores pasados de rosca y una alarmante falta de auténtico sentido de la aventura, este bodrio veraniego ha demostrado que ni todos los efectos infográficos del mundo pueden disimular la falta de alma. Valerian, señores míos, es un rollazo.

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